La práctica del Maestro interior

Una iniciación gnóstica o esotérica no es válida si no proporciona un “contacto místico”, un “estado de Gnosis” y una actividad teúrgica. Las iniciaciones sólo confieren las energías suficientes para que aquellos que están maduros consigan estos estados de consciencia.

La verdadera iniciación no sólo sucede en el plano externo, sino que resuena en el interior de aquellos que están preparados, despertando sus potencialidades latentes. “Lo que está fuera es como lo que está dentro” pero en este caso habría que decir más bien “lo que está dentro debe ser como lo que está fuera”, es decir, que si dentro no hay lo que tiene que haber, la iniciación externa se convierte en una simple pantomima aunque sea muy bonita a efectos emocionales. El Hierofante gnóstico no lo es porque haya recibido una iniciación en la Sucesión Apostólica de la Iglesia Gnóstica, sino porque ha accedido a ese estado de consciencia dentro de sí mismo. Los títulos y nombramientos, por más sellos que lleven, no significan nada sin esto último.

La psicología jungiana refleja en su proceso de individuación la búsqueda interior del Yo verdadero o Sí-mismo como un auténtico segundo nacimiento o iniciación gnóstica. Pero hay un peligro acechando en el camino iniciático hacia la experiencia mística interna. Este peligro que acecha al borde del sendero iniciático es un animal monstruoso que intenta devorar al candidato y que está simbolizado en todos los sistemas iniciáticos y religiosos. Se trata de la representación de lo que la psicología jungiana denomina con el nombre de “inflación del ego”, que representa el hecho de que en determinados casos puede haber una invasión del ego por elementos procedentes de las regiones profundas de la psique.

Esta inflación es una auténtica posesión de la consciencia por parte de dichos elementos, que hace que el candidato a la iniciación quede en un punto medio entre el verdadero centro del Sí mismo y la consciencia periférica del ego.

La inflación del ego, que bajo el control directo de un Maestro es sólo una etapa intermedia que los iniciados suelen pasar en mayor o menor grado, en otros puede conducirles a un complejo de superioridad que puede traducirse en una megalomanía. Esta megalomanía es incompatible con tener un Maestro y una señal de su existencia es sentirse uno mismo un Maestro.

Aquellos a los que esa inflación del ego conduce a la megalomanía y no tienen a su lado un verdadero Maestro para ayudarles a salir de ella, son los típicos categóricos cuya experiencia individual es la única verdad sobre la que tienen que gravitar todas las experiencias de los demás. Es frecuente que aquellos que están bajo esa inflación del ego hagan afirmaciones categóricas ausentes de la humildad del verdadero místico. Suelen hablar con el aplomo y descaro que otorga la consciencia egóica, de aquellas cosas de las que sólo conocen algunos aspectos parciales, porque la inflación del ego impide que las aguas de la consciencia se vuelvan lo suficientemente claras como para ver la auténtica realidad total. La llamada “infalibilidad” es un concepto que suele reflejar dicho estado.

El verdadero contacto místico espiritual interno es la única medicina que cura los problemas de la inflación del ego. Los sistemas esotéricos usan para esta inflación el simbolismo de ser devorado por el monstruo que acecha en el sendero iniciático si uno no es capaz de recorrerlo con resolución y en silencio hasta su final. En realidad es el auténtico contacto con el Espíritu lo que nos hace ser humildes, y un falso contacto lo que nos hace sentirnos infalibles. Aún así, la humildad misma no es la que nos hace místicos sino la experiencia mística la que nos hace humildes, aunque mientras tanto, intentar ser humildes es un indicio de que sabemos hacia donde vamos. Podemos decir que la soberbia es algo que produce el ego y que la humildad emana de otras zonas más profundas de la psique cercanas al Sí-mismo.

La iniciación también debe producir la purificación necesaria para evitar dicha intoxicación megalomaníaca o para curarla si la hay. Por eso la purificación está perfectamente simbolizada en todos los ritos iniciáticos y refleja el acto de limpiar la psique de todos aquellos componentes que han invadido involuntariamente al ego, produciendo su inflación de forma inconsciente.

La experiencia directa del alma del iniciado con la transcendencia divina funde en amor y reconocimiento, pero mantiene la dualidad necesaria de consciencia experimentadora y la experiencia misma para que la vida tal como es pueda proseguir. El iniciado no se pierde a sí mismo en la vivencia de lo absoluto, de lo divino, sino que mantiene su chispa espiritual individual por la que es y existe en este mundo. Mantiene en armonía la relación perfecta entre su Sí-mismo y el plano transcendente divino del que también forma parte. Es el amor y armonía entre el uno y la totalidad de los infinitos unos que existieron, existen y existirán.

La mayoría de los sistemas iniciáticos esotéricos afirman que sin un Maestro cualificado la disciplina mística no es posible. La teoría y la práctica son importantes en estos sistemas pero parece que el Maestro es imprescindible. De hecho, encontrar un Maestro cualificado es tan difícil como encontrar una aguja en un pajar, por lo que este requisito convierte el sendero místico en algo completamente anecdótico. Parece ser que el Maestro cualificado debe dar a la vez la doctrina, la práctica y la iniciación. Sin embargo, es un hecho probado que en muchos casos el Maestro que dio la doctrina o la práctica, no fue el mismo que dio la iniciación que hizo dar el salto definitivo al que estaba preparado. Por lo tanto no es probable que este axioma esotérico sea infalible.

Maestro sólo puede ser aquel cuya enseñanza expresa la verdad de la auténtica iniciación, la interna. Cuando el requisito de la iniciación externa y la dependencia del Maestro es lo principal, puede suceder que ese Maestro no lo sea en realidad, ni siquiera de sí mismo. Muchas tradiciones iniciáticas tradicionales parece que confieren un tipo de iniciación y de conocimiento gnóstico por el hecho de ser tradicionales. Sin embargo, hay que tener en cuenta que son los iniciados mismos los que hacen a la tradición y no ésta a aquellos. Las doctrinas y los Maestros no son los que unen de verdad a los iniciados, sino la verdadera experiencia mística espiritual. Lo importante de los sistemas gnósticos y esotéricos no es la doctrina ni los Maestros que la exponen, sino la experiencia mística que producen en sus miembros y esto es algo demasiado personal para ser valorado por los demás.

Un verdadero Maestro realizado es algo muy difícil de encontrar en el mundo, pues sólo lo es aquel cuya alma se ha identificado con Dios en el arrebato místico transcendental. Cuando una persona ha realizado su unión con el Ser Supremo y ha alcanzado la última etapa de la experiencia espiritual es cuando puede ser llamado verdaderamente un Maestro. Sólo en este caso las palabras y acciones de un Maestro son las palabras de Dios, porque no es él quien habla y actúa, sino Dios a través de él.

El problema radica en que exteriormente el Maestro es un hombre y por lo tanto es imposible para otra persona ajena a él conocer cual ha sido en verdad su experiencia de Dios. Hay muchos que se denominan a sí mismos Maestros y nadie salvo Dios y ellos mismos puede saber si de verdad han alcanzado la experiencia transcendente. Por lo tanto y debido a la relatividad de la posible certeza de su cualidad de Maestro y la rareza con que esa experiencia se da, es mejor abandonar la idea de encontrar un Maestro realizado y buscar al Maestro interno que todos tenemos dentro.

Es verdad que aquí y allí aparecen algunos Maestros en diferentes tradiciones esotéricas y que se forman comunidades, grupos religiosos y místicos y sectas a su alrededor. Sin embargo, la triste experiencia de la historia es que todos ellos son efímeros y en general su florecimiento se marchita muchas veces incluso antes de que mueran. Tan sólo perduran los buenos Maestros que enseñan a sus discípulos a buscar dentro de ellos mismos y no a seguirles a ellos ni a buscar la liberación en su influencia. Existe la clara excepción de los considerados Profetas o Hijos de Dios a cuya sombra otros hombres han montado el tinglado de las grandes religiones. El buen Maestro enseña a sus discípulos a encontrar la revelación dentro y a través de ellos mismos y nunca a través de su revelación y doctrina. Cuando uno encuentra un buen Maestro, aunque no sea tan elevado como el Maestro realizado arquetípico, uno es capaz de despertar la corriente reveladora de la trascendencia que es inmanente dentro de cada uno de nosotros.

Hay dos tipos de Maestros, los Maestros externos que habiendo experimentado ellos mismos la iluminación, nos dirigen y aconsejan desde fuera para que nosotros podamos realizar también nuestra meta, y el Maestro interior que no es otra cosa que la sabiduría y amor de nuestro Espíritu, nuestro Sí-mismo, que puede manifestarse de forma radiante a aquellos que han llegado a conectar con la Luz y el Sonido que emanan del Logos o Espíritu Divino manifestándose.

¿Pero qué es un Maestro externo? Un Maestro es aquel que ha realizado en sí mismo su propia realidad interna y que puede ayudar a los demás a que la realicen también. El verdadero Maestro no pide a nadie que le siga ni que le reverencie como Maestro, sólo le pide dedicación al trabajo interno y un verdadero deseo de llegar a ser también Maestro. Sólo los falsos maestros necesitan seguidores que les otorguen una reverencia que solamente debemos dar a nuestra propia Realidad interna.

Sólo aquel que nos enseña a buscar dentro de nosotros mismos y no fuera es un Maestro verdadero. Sólo aquel que nos enseña a escuchar nuestra propia Voz interior y no la suya, es un verdadero Maestro. Un Maestro verdadero sabe que todos los Maestros son en realidad manifestaciones del Logos mismo, de la propia divinidad, y que también el discípulo que está en camino de llegar a ser un Maestro lleva dentro de sí esa misma transcendencia.

Al principio el estudiante se entrega con confianza y dedicación en manos de su Maestro externo y si éste es un verdadero Maestro, le ayuda para que se manifieste dentro de sí su verdadero Maestro interior. El estudiante que no conoce su Maestro interno, sustituye la imagen de éste por la de su Maestro externo y trabaja con ella. Luego, cuando empieza a tener experiencia interior del Maestro debe desplazar la figura externa para que comience a manifestarse la forma radiante de su Maestro interior. La forma radiante del Maestro interior reside dentro de cada discípulo y cuando éste es capaz de contemplarla, debe sumergirse completamente en ella hasta que no haya distinción entre él mismo y el Maestro. Entonces sabrá que el Verdadero Maestro, aquel que es UNO, lo es de Sabiduría y de Amor.

Los Maestros externos deben tener armonía interna y ser capaces de transferir este poder a los que la buscan. La función más elevada del Maestro externo es ayudar para que sus discípulos llegue a serlo también. La devoción, entrega, etc., hacia el maestro no debe entenderse a un nivel personal, sino a un nivel de idea y de mente. El Maestro participa de la Consciencia Absoluta y el discípulo lo que más quiere es participar de esa misma consciencia. Maestro y discípulo trabajan juntos para que ello sea posible, eso es todo.

En realidad el Maestro externo sirve de guía hasta que uno es capaz de contactar con el Maestro interno que es la verdadera realidad. El Maestro tiene primero una función externa como guía y conocedor del sistema iniciático y místico, pero a partir de la experiencia del Espíritu, sólo es una imagen arquetípica a desarrollar dentro de uno para que represente a la consciencia transcendente espiritual del Sí-mismo.

Cada hombre y mujer tienen una imagen del Maestro interior a la puerta de su mundo interno, que generalmente se manifiesta como una presencia luminosa, que le puede dirigir y facilitar la exploración de dicho mundo. El Maestro interno es en realidad nuestra propia Sabiduría y Amor y es importantísimo invocarlo hasta llegar a evocarlo, es decir, hacerlo visible en uno mismo, porque sólo a través de la unión con el Maestro interior se alcanza la realización de Dios.

Dice Jung: “El término Sí-mismo me pareció adecuado para este substrato inconsciente cuyo exponente en la consciencia es el ego. El ego es respecto al Sí-mismo como lo movido al motor, o como el objeto al sujeto, pues los factores determinantes que irradian del Sí-mismo rodean al ego en todas partes, subordinándolo…”

El Sí-mismo es paradójicamente el contenedor y el contenido de la persona completa; es a la vez aquello de lo que procedemos y aquello que anhelamos; incluye al ego, pero el Sí-mismo y el ego pueden dialogar como representantes del conjunto de la persona y de la más limitada personalidad consciente; está oculto pero le gusta ser descubierto; tiene un valor supremo, como una perla valiosa psicológica, pero se encuentra en medio de la vida ordinaria. El Sí-mismo contiene polaridades personales y transpersonales.

Así pues, el Sí-mismo en la psicología de Jung es el arquetipo de la totalidad y el centro regulador de la psique; es un poder transpersonal que trasciende al ego. La experiencia del Sí-mismo posee una numinosidad que es característica de las revelaciones místicas.

Cuando el Sí-mismo es personificado y vivenciado como presencia inspiradora invisible, se le denomina Espíritu. Podría decirse que el Espíritu, que es una emanación del Sí-mismo, se une al Alma para iluminar al ego y dotarle de la experiencia de la totalidad.

La imagen arquetípica que representa al Espíritu es el “Viejo sabio” o “Maestro” en el caso del espíritu masculino y la “Vieja sabia” o “Maestra” en el caso del espíritu femenino. El espíritu se relaciona de esta forma con el Alma como un padre con su hija o como una madre con su hijo.

Desde el punto de vista místico, Dios en su totalidad infinita es inescrutable e incognoscible pero se manifiesta internamente en cada persona realizada como el Maestro interior. La puerta a la experiencia de Dios está cerrada habitualmente por una puerta y el Maestro interior se encuentra sentado detrás de ella.

En realidad el Maestro interior es una emanación manifestada de nuestro propio Espíritu, nuestro Sí-mismo, cuyo origen transper-sonal es divino. Es el hilo que nos conecta con el Dios infinito porque es la vibración divina dentro de nosotros personificada.

“Yo estaba en el espíritu en el día del Señor, y oí detrás de mí una gran voz como de trompeta.”

Apocalipsis 1: 10

“Y me volví para ver la voz que hablaba conmigo; y vuelto vi siete candeleros de oro, y en medio de los siete candeleros, a uno semejante al Hijo del Hombre, vestido de una ropa que le llegaba a los pies, y ceñido por el pecho con un cinto de oro. Su cabeza y sus cabellos eran blancos como blanca lana, como nieve; sus ojos como llama de fuego; y sus pies semejantes al bronce bruñido, refulgente como en un horno; y su voz como estruendo de muchas aguas.”

Apocalipsis 1: 12-15

“Después de esto miré, y he aquí una puerta abierta en el cielo, y la primera voz que oí, como de trompeta, hablando conmigo, dijo: Sube acá y yo te mostraré las cosas que sucederán después de estas.”

Apocalipsis 4: 1

La divinidad suprema viene a nosotros bajo la forma del Maestro interior. Podemos pues ver a Dios en la forma radiante y gloriosa del Maestro o Maestra. Cuando alcanzamos los estados de consciencia que están más allá del alcance de la mente, del intelecto y de los sentidos, podemos ver a la Divinidad cara a cara en la forma del Maestro interior.

El cosmos en el que vivimos es un vasto océano y cada uno de nosotros un barco que surca dicho océano; nuestro Maestro interior es su capitán, sin el cual no podemos llegar a nuestro destino.

“El Maestro es la piedra filosofal, la mente férrica enmohecida queda transmutada en oro después de encontrarle.”

Adi Granth

El auténtico Maestro interior es el Logos, la corriente vital que resuena en la consciencia desde dentro de la misma. Para entrar en contacto con él es necesario retirar la consciencia del mundo externo y del cuerpo y entrar en la zona que hay detrás del entrecejo para contactar con la corriente vibratoria que dirige nuestra individualidad, para de esta forma unirse con el Espíritu. Es importante mientras se realiza este contacto, vibrar mentalmente los nombres mántricos con que se conoce a la divinidad en las distintas tradiciones de las que hemos bebido o en todo caso frases de afirmación como las que hemos mencionado anteriormente. La repetición induce la entrada en la corriente vibratoria trascendente del Espíritu.

Las palabras y frases mántricas que hay que repetir para reforzar la concentración son nombres divinos de la tradición espiritual con la que uno está más familiarizado o la que tiene más efecto emotivo sobre uno. Pueden ser elegidas en el idioma en que dicha tradición expresa las palabras de poder divinas.

En cualquier caso cada iniciado puede elegir cualquier otro tipo de repetición mántrica a su elección e incluso vibrar mentalmente su propio nombre o lema mágico recibido en cualquier iniciación válida que haya recibido anteriormente.

Hay tres etapas en la última realización espiritual transcendente:

1ª. La concentración de la atención en la parte posterior del entrecejo o sede de la consciencia corporal y la repetición de los nombres o frases mántricos.

2ª La contemplación de la forma radiante del Maestro interior que nos ayuda a mantener la atención en dicho centro.

3ª La práctica de escuchar el Sonido espiritual que suena constantemente en nuestro interior y ver la Luz que brilla en la Consciencia primordial. Es así como la consciencia puede entrar en la región más interna y alcanzar la divinidad interior.

La mente se concentra y se recoge y la contemplación de la forma radiante del Maestro interior ayuda a mantenerla en un sólo lugar, entonces el Sonido interior del eEpíritu la atrae hacia dentro del centro de la consciencia.

La forma radiante del Maestro sólo puede verse si uno tiene una buena capacidad de concentración. Cuando al vibrar los mantrams sagrados se concentra la atención en la parte posterior del entrecejo, puede llegar a verse la figura radiante del Maestro interior.

Una vez que esta imagen del Maestro se queda fija, la figura radiante hablará y contestará a todas nuestras preguntas. Si la concentración no es suficiente, la mente no estará quieta y será imposible la visión. La forma radiante del Maestro interior al principio va y viene, pero en realidad es la mente la que vacila. Una vez que la imagen está fija, hay que fijar la atención en su rostro y ver su expresión y oír sus palabras, si es que éstas se producen.

Los mantrams que se vibran para iniciar el ejercicio de ver la forma radiante del Maestro, no son más que una ayuda para concentrar la atención. Hasta tanto no se retire la atención del cuerpo, del mundo exterior y del movimiento de la mente, la forma del Maestro interior no aparecerá.

Es frecuente que antes de llegar a ver la figura del Maestro interior, uno vea puntos brillantes semejantes a estrellas y soles mientras se vibran los mantrams. Durante su repetición es preciso que no surja ninguna idea en la mente. La repetición de los mantrams ha de ser realizada mentalmente.

Mientras la mente está ocupada por la repetición de los mantrams, la consciencia se encontrará con la forma radiante del Maestro interior, una vez que pasada la oscuridad primera y luego los puntos brillantes, se estabilice la luz.

Meditar sobre la figura del Maestro para recibir energías espirituales de él, es una práctica antigua. Es el medio por el que el discípulo es capaz de unirse y comunicarse con la naturaleza esencial del Maestro. Debido a que el Maestro es una representación del Sí-mismo, y por extensión del Yo Universal y Eterno, la práctica de la visualización de la Presencia del Maestro ha sido siempre una ayuda poderosa para la transformación interna.

En el Yoga hindú, el discípulo es aceptado en el “corazón” o centro monádico de un maestro viviente encarnado (Gurú). El discípulo (Chela) es adoptado como un hijo espiritual bajo la vigilancia y protección continua del maestro, que toma sobre sí mismo las partes más densas del Karma del discípulo, protegiendo- le de peligros invisibles, nutriéndole telepáticamente, enviándole fuerza para que venza las pruebas y conduciéndole a una experiencia práctica y psíquica cada vez más profunda.

Es así como un maestro puede guiar a sus discípulos desde un lugar remoto mientras viven y trabajan a muchos kilómetros de distancia. Se les aparece en sueños, les visita mentalmente, les hace sugestiones telepáticas y une sus mentes con la mente Superior del Universo.

En el Budismo esta práctica se extendió al más grande Gurú, el Buda histórico. Aunque él yo no existe en cuerpo físico, arrastra consigo a todos los aspirantes en su Cuerpo Radiante. Como fue un ser encarnado e histórico, los discípulos pueden hacer una conexión con él mediante la visualización de sus emblemas, signos y reliquias. La técnica conocida como visualización del Maestro se extendió a la visión de los distintos Budas en sus campos de Realidad. Forma la base de la mayoría de los rituales de mandala y otorgamiento del Vajrayana. Pero en su forma más simple y directa, es la comunicación oculta individual con el Buda. Los cristianos utilizan la misma técnica sobre la imagen idealizada de Jesús. Muchos grupos gnósticos cristianos utilizan dicho Maestro en su práctica de visualización del Maestro.

La práctica se hace en el lugar privado de meditación durante 30 minutos, sentado en el Oeste mirando hacia el Este. Se suele usar luz indirecta pero solar (si es de día), o luz de vela (si es de noche), para iluminar la habitación. Antes de comenzar es preferible tomar un baño con jabón de eucalipto u otro jabón a elección de cada uno, con una práctica de limpieza áurica y estando descalzo y totalmente desnudo perfumarse con aceite de rosa o jazmín o ámbar o mezcla de los tres y ponerse solamente una túnica blanca sobre la piel.

Se comienza por cerrar los ojos y dirigir la atención a la parte posterior del entrecejo, a la oscuridad que uno puede encontrar allí. Mientras se concentra la atención y se detiene el movimiento de la mente deben repetirse las palabras mántricas escogidas según la propia tradición. El objeto de esta repetición mántrica es retirar la consciencia a la parte posterior del entrecejo y fijar allí su atención. No hay que pensar en estas palabras ni en lo que significan (pues eso ya ha debido hacerse en una etapa previa). La repetición es mental y sigue hasta que comiencen a aparecer luces como de estrellas o una luz blanca difusa. En ese momento debería comenzar a verse la figura del Maestro interior y cuando se estabilice, hay que dejar de repetir los mantrams. No sólo no debe pensarse en el significado de las palabras que se recitan, sino que incluso no deben verse representadas visualmente, sino oídas. Además el rostro del Maestro no debe ubicarse en ningún lugar externo y en caso de que su figura no pueda ser visualizada, al menos debe sentirse que está presente mientras uno repite los mantras. Lo más importante es llegar a visualizar el rostro del Maestro y hacer caso omiso a todo lo que pueda aparecer a su alrededor.

Una vez establecida la figura del Maestro interior, ésta captará la atención definitivamente y no le permitirá ir de un lado a otro sino que la dirigirá al propio centro de la consciencia donde suena el Sonido y brilla la Luz del Logos. Cuando se ve la figura blanca resplandeciente del Maestro en nuestra visión interna, hay que pedirle permiso para ser su discípulo y transmitirle el deseo de ser iniciado en los Misterios y recibir el Sonido y la Luz divinos. Es preciso decirlo mentalmente con todo el sentimiento del corazón. Una vez terminada la petición mantener la visualización por lo menos 30 minutos.

 

webislam

Las cookies nos permiten ofrecer nuestros servicios. Al utilizar nuestros servicios, aceptas el uso que hacemos de las cookies. Más información.

WhatsApp chat