La enredadera de los muertos: en brazos de la madre ayahuasca

Cuando se me presentó hace poco la oportunidad de participar en una ceremonia de toma de ayahuasca, tardé unos cinco milisegundos en contestar que sí. Los motivos eran muchos: fascinación por el chamanismo desde la adolescencia tras muchas lecturas de Alan Moore y Castaneda, curiosidad científica por el funcionamiento de los enteógenos, búsqueda espiritual privada… y el presentimiento de que la planta iba a jugar un papel importante en mi vida.

Josep Lapidario

Artículo original publicado en jotdown.es

Mientras esperaba a que cierto chamán me llamara por teléfono para una entrevista previa a la ceremonia, empecé por lo primero que hago siempre cuando me encuentro con una novedad en mi vida: acumular libros que hablen de ella. Teoría previa a la práctica. Así que me atrincheré en casa con Ayahuasca, la enredadera del río celestial de Claudio Naranjo y las Cartas del yagé de Allen Ginsberg y William Burroughs. Y esto es lo que aprendí…

1. Sueño hecho planta

La ayahuasca es una bebida obtenida de la cocción de dos plantas, generalmente la enredadera llamada ayahuasca o Banisteropsis caapi y la chacruna o Psychotria viridis; aunque hay recetas que mezclan plantas diferentes, como la Diplopterys carerana. Se emplea desde hace siglos como brebaje visionario y sacramental a lo largo del alto Amazonas: Perú, Brasil, Colombia, Ecuador. Los indígenas toman tradicionalmente ayahuasca como rito de iniciación, en fiestas concretas o antes de tomar decisiones individuales o de grupo.

Los nombres más empleados para la bebida son yagé o ayahuasca, palabra derivada del quechua y que significa algo así como «liana de las almas», haciendo referencia a los ancestros fallecidos. Los asháninka peruanos llaman a la planta hananeroca o «enredadera del río celestial». Mis nombres favoritos, sin embargo, son los más cercanos: medicina o abuelita… Se la considera una planta maestra, no solo porque de su consumo se extraen enseñanzas, sino porque los chamanes la usan como referencia para estudiar las propiedades de otras plantas.

Químicamente la ayahuasca es fascinante. En la enredadera se encuentra una curiosa betacarbolina, la harmina (originalmente llamada telepatina por sus extrañas propiedades), que actúa como inhibidor de la monoaminoxidasa o IMAO. En la chacruna, por otro lado, hay una pequeña cantidad de dimetiltriptamina, alcaloide presente en muchas plantas y de forma endógena en el cerebro mamífero, producido en la glándula pineal. Aún se está estudiando cuál es su función en humanos, pero aparentemente está relacionado con la generación de efectos visuales en el sueño. No produce ningún efecto al ser ingerido por vía oral… a no ser que vaya acompañada de un inhibidor, que impide su degradación en el tracto digestivo. Una de las plantas es la llave y otra es la cerradura, pero ¿cuál es cuál? No es evidente, ya que el efecto de la bebida parece atribuible más a la harmina que al DMT.

Y es que la ayahuasca no es un alucinógeno. Los alucinógenos (LSD, mescalina, etc) provocan cambios a veces delirantes en la percepción de la realidad, pero los alcaloides de la harmala de la banisteropsis potencian la percepción de visiones, imágenes y sueños conscientes sin pérdida de contacto con la realidad. De ahí la denominación de onirofrénicos o «potenciadores de fantasías»… La ayahuasca es sueño hecho planta.

Las visiones percibidas durante una toma suelen actuar como metáforas o alegorías, de modo similar a como los sueños plasman en imágenes rincones del inconsciente. Hay patrones habituales en las visiones de ayahuasca: animales (especialmente serpientes y felinos), imágenes de muerte y renacimiento, seres voladores… Estas visiones pueden aludir a constantes universales (citando a Naranjo, «el felino condensa lo animal, la gracia y maestría en el movimiento, el misterio, la rapidez, la peligrosidad, los dientes, las garras») o resultar profundamente individuales y tener sentido solo para quien las experimenta. Haya o no visiones (no ocurren siempre) la bebida produce efectos psicológicos notables: comprensión de elementos de la propia vida o personalidad, purgación de aspectos patológicos del carácter, fortalecimiento del espíritu de lucha, empuje y determinación… A menudo se recibe una inspiración, un diálogo con una voz interior que actúa como guía más sabio y experimentado.

Ningún estudio sobre la ayahuasca le ha detectado capacidad adictiva… Al contrario, ha sido empleada con éxito en tratamientos de desintoxicación y para mitigar el estrés postraumático. Sin embargo, como casi todo lo que merece la pena en esta vida, la ayahuasca está en un limbo legal. Ni la enredadera en sí ni la cocción de dos plantas están fiscalizadas, pero el DMT sí aparece a partir de ciertas cantidades en la lista 1 de la JIFE, entidad de la ONU que regula (rematadamente mal, aunque ese es otro tema) el uso de drogas en el mundo. Esto provoca que aunque se reconozca el uso terapéutico y religioso de la ayahuasca, existan dificultades burocráticas para importar la bebida desde Sudamérica… Así que se celebran pocas ceremonias en España, menos aún a cargo de chamanes serios y experimentados, muy difíciles de encontrar. He tenido suerte.

2. Ni alcohol ni leche

El chamán me llama por teléfono. Me gusta su voz: parece tranquilo y seguro de sí mismo. Durante un buen rato me explica en detalle los efectos de la bebida y el desarrollo de la ceremonia. Me hace varias preguntas relativas a mi estado de salud… Y es que el hecho de que la ayahuasca sea segura y no cause adicción no significa que su consumo esté exento de contraindicaciones farmacológicas y psicológicas, en particular si hay enfermedades mentales diagnosticadas (no es mi caso, aunque parezca increíble).

El chamán me explica también que unos días antes de la ceremonia deberé evitar ciertos alimentos: lácteos, cítricos, carnes rojas, alcohol… Es importante, ya que podrían interactuar negativamente con los ingredientes de la bebida (por ejemplo, los IMAO interaccionan de forma particularmente chunga con los alimentos que contienen tiramina). También me recomienda unos días de abstinencia sexual, para acumular energía… En fin, es por una buena causa, pienso en voz baja.

Los efectos físicos de la bebida que puedo esperar: mareo, frío, percepción de olores, colores y a veces imágenes complejas. Casi siempre, vómito. A nivel psíquico son esperables catarsis emocionales, recuerdos vívidos, paz, quietud meditativa, receptividad, comprensión respecto a uno mismo y los demás. De los efectos espirituales no hablaré aquí (no es el lugar adecuado) más que para mencionar que suele sentirse una sensación de comunión y respeto a lo sagrado y a la vida.

Le pregunto al chamán por la posibilidad de malos viajes. No le gusta esta expresión: en su experiencia, todas las experiencias con ayahuasca son en su conjunto constructivas aunque tengan momentos psicológicamente duros. De todas formas ahí entra la importancia de la ceremonia: la guía del chamán y los cantos anclan al tomador y le ofrecen un ambiente seguro, calidez humana, acompañamiento. El resto de detalles se arreglan rápidamente, así que me permito un fast forward hasta el día de la ceremonia, que tendrá lugar en plena naturaleza.

3. Bajando las escaleras

Al llegar charlo con el resto de participantes de la ceremonia. Descubro que es un grupo mucho más variado de lo que esperaba: un psicólogo, un veterinario, una pareja de aire hippy, un profesor de teatro, una ingeniera… Para varios de nosotros esta será la primera vez con la planta maestra (y, en mi caso, cualquier sustancia psicoactiva).

La bebida está almacenada en tres botellas situadas sobre un pequeño altar ante el que se coloca el chamán. El grupo se sienta en círculo, y el chamán nos divide alternando novatos con experimentados. Cada cual tiene a su lado una bolsa de basura para recoger el vómito en caso de que aparezca. Las dos parejas presentes son separadas: el viaje es un proceso introspectivo e individual, aunque se cree una energía de grupo. Está a punto de anochecer. Y antes que nada, hablamos. Mejor dicho, el chamán habla y los demás nos limitamos a hacer preguntas o comentar aspectos de la ceremonia. Se nos habla de lo que podemos experimentar y sentir, de cómo hay que dejarse llevar por el viaje sin oponer resistencia a lo que la planta muestre. El chamán hace hincapié en que el viaje es siempre amoroso aunque en él se muestre algo desagradable o alguna verdad incómoda. La ceremonia es de no intervención, es decir, más allá de cantar y dirigir los ícaros el chamán no intervendrá en la experiencia individual de cada tomador si no es necesario.

Se nos dice que no contengamos las emociones que nos vengan (si hay que reír se ríe, si hay que llorar se llora), pero sin exagerarlas ni romper el equilibrio del grupo. Podemos ponernos de pie y hasta bailar si nos hace falta, pero con cuidado y sin romper el círculo. Si hay que salir a tomar el aire o a mear, nunca más de dos o tres personas a la vez.

Tras las explicaciones nos acercamos por turno ante el altar para recibir un vasito del brebaje. Le doy las gracias al chamán y a la planta. Voy preparado para un sabor horrendo y amargo, pero no resulta para tanto… Vuelvo a mi sitio. Cuando todos hemos tomado empiezan los tambores y los cantos, con breves intervalos de un silencio de agradable textura. Es difícil decir cuánto tiempo transcurre: ¿media hora? ¿Tres cuartos? Permanezco sentado en una postura cómoda, con la espalda apoyada en la pared. Acompaso mi respiración al ritmo de los tambores. Al cabo de un rato me tumbo y observo fijamente el techo. Las vetas de madera se ven exageradamente nítidas a la media luz de las velas: me pregunto si pequeños cambios de percepción como ese se deberán al efecto de la planta. Aparte de eso, no siento ningún cambio y empiezo a ponerme nervioso: ¿tendré algún tipo de inmunidad a la harmina? O, dicho de otra forma, ¿me habrán rechazado los espíritus de la planta? El hombre de mi derecha se ha hundido en un trance profundo, y permanece tan inmóvil que lo percibo como un objeto de gran densidad, un agujero negro. Oigo a alguien vomitar. Cierro los ojos y me visualizo descendiendo unas escaleras, abriendo una puerta: quiero que la planta tenga claro que la acojo, que estoy dispuesto a bucear en mi inconsciente. No parece funcionar.

Al cabo de un rato, es el chamán quien pasa uno a uno frente a nosotros para darnos la segunda toma, otro vasito. Y entonces sí me agarra la serpiente.

4. En brazos de la abuelita

No voy a contar en detalle lo que vi, ya que pertenece al ámbito de lo privado: lo que me dijo la abuelita, lo dijo para mí. Sí puedo decir que tuve dos visiones nítidas, entendidas como alteraciones visuales de la realidad dotadas de un significado simbólico profundo. Ambas imágenes, similares en textura a sueños lúcidos, fueron significativas para mí e hicieron referencia a partes de mi personalidad íntima.

Establecí un diálogo con la planta, algo muy socrático, de preguntas y respuestas. Para un psicoanalista ese diálogo lo establecí con mi inconsciente, para un poeta con mi musa, para un indígena amazónico con mis antepasados, para un chamán con la planta, para un creyente, con Dios. ¿Qué más da? Lancé mis preguntas y obtuve respuestas. Relacioné de forma lógica diferentes acciones que había realizado en los últimos meses sin saber muy bien por qué. Comprendí por qué hacía unas semanas había elegido un colgante en concreto en una tienda de minerales y no otro, relacionándolo con un par de sucesos de mi pasado. Recordé una historia que me contó mi madre y comprendí su auténtico significado. Bajo los efectos de la planta varios problemas que consideraba irresolubles se me presentaron como sencillos, obvios… Sucesos que no había relacionado entre sí pasaban a ser significativos.

No todo el viaje fue una sucesión de sensaciones y flashes de claridad mental. Hubo ratos desagradables, en los que me vi enfrentado a mis propios demonios, culpas y errores pasados. No es bonito ver según qué cosas de uno mismo, y en algún momento me hundí en mi propia oscuridad. Comprendí entonces la importancia de los cantos, esos ícaros que según el chamán son la columna vertebral de la experiencia… Cuando me hallé perdido, la música fue la cuerda de salvamento que me mantuvo unido a la calidez del grupo. El viaje es a priori personal e intransferible, y sin embargo la sensación de comunión grupal fue intensa… Y en cierto momento de la ceremonia, mi pareja y yo nos encontramos y abrazamos, y la sensación de comunión espiritual entre ambos fue profunda y tangible.

El efecto de la ayahuasca no es lineal: funciona por oleadas, crestas y valles, cada uno teñido por una sensación diferente. De vez en cuando sentí un escalofrío de energía recorriendo la columna, atravesando la cabeza y lanzándose más allá de mi coronilla. En esos momentos pensé con más claridad y me inundó una sensación de comprensión sobre el funcionamiento del universo. Miré hacia mis raíces, sentí el peso de la memoria ancestral… Pensé en la muerte y en lo que ocurre después, en el sueño y el soñador.

5. La planta de los narradores

Hacia el final de la ceremonia vomito un magma denso y oscuro que parece hundirse en la bolsa de basura como en un agujero negro. Inmediatamente me siento más ligero, tengo la sensación de verme libre al fin de un lastre pesado y pegajoso.

Cuando varias horas más tarde (parece que hayan pasado días) salgo al exterior de la cabaña, aún siento residualmente los efectos de la planta. Me cuesta caminar, me siento como un recién nacido. Algunos participantes duermen en el interior de la cabaña, el resto se reúne en una mesa al aire libre donde la organización del encuentro ha dejado sopa caliente, frutas, agua fresca. Charlan en voz baja sobre la experiencia con un tranquilo buen humor. La sensación generalizada es de bienestar y alegre cansancio. No tengo la sensación de que esto haya sido un viaje puntual, sino un cambio de perspectiva cuyos efectos sentiré durante mucho tiempo.

Me tumbo sobre una lona y observo las hojas de los árboles recortándose contra el cielo oscuro. Caen gotas de lluvia sobre mi frente, y me doy cuenta de que empieza a chispear. En ese instante me asalta una nueva comprensión sobre mi experiencia: la planta es integradora, proporciona la chispa que le da al guionista de nuestras propias vidas el empuje y la inteligencia necesarias para relacionar entre sí sucesos aparentemente dispares. Recorre la vida del tomador ordenándola en una narración cohesiva y disparando las escopetas deChejov que encuentre en su camino. Si Damon Lindelof hubiera conocido la ayahuasca, no habría dejado tantos cabos sueltos en su lamentable final de Perdidos.

Y es que la abuelita es sin duda la planta de los narradores.

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